Historia y razón, fundamentos del ser.

Durante siglos, historia, religión, ciencia y filosofía han formado parte del marco en que se desenvuelve el conocimiento humano y se forma la racionalidad; a través de la ciencia hemos desarrollado conocimientos extremadamente exitosos que han transformado la sociedad y el mundo, permitiéndonos influir beneficiosa o des virtuosamente en nuestra propia naturaleza, cuestión que se ha evidenciado en el presente siglo y los cuatro que le anteceden.

 El éxito de la ciencia ha hecho meditar a más de uno sobre si ésta es la mejor configuración cognitiva que ha podido alcanzar el entendimiento humano y por supuesto, ni la filosofía o la religión pueden vivir de espaldas a la racionalidad científica si tienen como fin decir algo que tenga sentido para el hombre actual; sin embargo, esto no significa que la ciencia ostente un lugar privilegiado o de superioridad por los conocimientos objetivos que aporta sobre la realidad. Lo que esto demuestra es que en nuestra realidad una serie de contextos que se nos presentan tienen que ver directamente con una o todas las corrientes del conocimiento humano mencionadas, que de hecho sostienen en sí relación implícita, por lo que han de estar abiertas a una discusión fecunda, que les beneficie al ejecutarse con el debido respeto a las fronteras metodológicas de cada área.

Por la preponderancia del razonamiento físico (cuyo análisis reduce hechos complejos a un repertorio de hechos más “simples” un tanto ininteligibles y elementales) en la antigüedad, a través de la medida, los pitagóricos fueron pioneros en darle una expresión técnica a la aspiración fundamental del espíritu griego que los envolvía, Solón expresó al respecto de esta aspiración que la cosa más difícil de todas es aprehender la invisible medida de la sabiduría, única que lleva en sí los límites de todas las cosas. En  la filosofía pitagórica el número es sustancia del mundo, modelo originario de las cosas y por tanto constitución esencial del orden implícito que en ellas existe. Su perfección es ideal, sustancia de la normatividad, del sentido del deber ser; determinación fundamental en que el significado aritmético y el geométrico se funden, puesto que la medida supondrá una magnitud espacial ordenada (por tanto geométrica) que al mismo tiempo requiere un número que la exprese.

En cuanto a lo demás, hay que destacar que la ética pitagórica fue de carácter religioso y que su precepto fundamental consistió en seguir la divinidad y en hacerse semejante a ella. Las máximas prescripciones de carácter práctico que dominan lo ético de ésta escuela no ofrecen propiamente un significado filosófico muy especial y simplemente se entrevé una subordinación de la acción a la contemplación y de la moral práctica a la sabiduría, que luego saldrá triunfante con el platonismo.

En la plena edad media durante en el siglo XIII, dentro de la investigación naturalista fue distinguible un gran florecimiento de la investigación científica, un nuevo curso de la investigación filosófica y una renovación en los horizontes de ésta última, en cuanto a problemas respectivamente filosóficos concernientes a la naturaleza de los instrumentos cognoscitivos de los que  dispone el hombre, así como de su objetivo en el mundo. 

El carácter de la investigación experimental cambio por completo; la matemática, la astronomía, la física, la medicina de los árabes y el trabajo de investigación de la ciencia clásica, paso a constituir en conjunto segmentos íntegros dentro del juicio de los filósofos del mundo occidental, por lo que investigaciones tales dejaron de ser un trabajo reservado a los iniciados en sus áreas y tendieron a convertirse en aspecto fundamental de la investigación filosófica, ocupando un puesto reconocido en su patrimonio general del saber.

Rogerio Bacon fue un máximo representante de éste experimentalismo científico y expuso por ejemplo que la autoridad no hacia al hombre conocer nada y que además era fuente común del error, pues no otorgaba inteligencia sino credulidad, algo polémico considerando lo que por ejemplo Aristóteles antiguamente había asegurado sobre la autoridad, como mecanismo de expresión del poder otorgado por aquel que ve y entiende en otro una facultad intelectual ética capaz de representar la suya.

 En fin, Bacon propuso que al hombre le quedaban dos medios para lograr reconocer su realidad: la demostración racional y la experiencia, agregando que la demostración racional, aunque lleve a conclusiones y haga posible la resolución de cuestiones, no dará certeza ni eliminará la duda, puesto que el alma no descansará en la intuición de la verdad si no es capaz de encontrarla por el camino de la experiencia y que aunque muchos adjudiquen  argumentos racionales para sostener aquello que saben; al no tener experiencia en las cuestiones determinantes les será imposible discernir los conocimientos limitantes de los útiles, pues sólo el que conoce la razón y su causa por la experiencia, es perfecto en la sabiduría.

 Nada, sin la experiencia, se puede conocer de un modo adecuado, dice Bacon y es comprensible, todo el campo del conocimiento humano, tanto el de las cosas naturales como de las sobrenaturales y divinas, puede y posiblemente se ha fundado en la experiencia que según el autor referido no es solamente el fundamento de la investigación natural, sino también del conocimiento sobrenatural, pues la experiencia humana es doble: externa e interna; la primera dada a través de los sentidos de los que se desprenden verdades naturales y la segunda a través de la iluminación divina de la que proceden verdades sobrenaturales, por tanto en el experimentalismo que éste nos presenta es distintiva la unión con el principio básico de la teoría agustiniana de la iluminación, donde el sol es para el alma, lo que el sol para el ojo y donde unas y otras experiencias siguen el camino hacia el fin último de la felicidad.

La experiencia según lo estudiado, es un conocimiento inmediato, por el cual el hombre es puesto cara a cara con la realidad, lo que es valido e igual para la experiencia interna, que le sirve de modelo a Bacon para interpretar la misma experiencia sensible. Él reconoció también que en su disciplina de la investigación, todo el poder lógico depende de las matemáticas; porque cada determinación (cualidad, relación, espacio, tiempo) depende de la cantidad y la cantidad es el objeto propio de las matemáticas. Por esto, solamente en las matemáticas veía demostración verdadera y poderosa, capaz de alcanzar la verdad plena, sin error, para darle camino a la certeza exenta de duda. Sólo medio de las matemáticas advierte que otras ciencias pueden constituirse y hacerse ciertas, por ser tesis fundamental sobre la cual han nacido, se han formado y extendido, puntualmente es indudable que no puede extraerse el razonamiento físico de nuestras reflexiones científicas y filosóficas, pues nos abstraeríamos de un sentido que en sí, es parte del nuestro.

Adentrándonos en el contenido apremiante de la presente investigación: la historia. Corresponde estar al tanto de lo siguiente, cómo en tantos otros aspectos de la vida humana, de la historia se mantuvo inicialmente una interpretación de carácter teológico, y mientras para Herodoto, Polibio y Tucídides por ejemplo, la posibilidad contenida en el futuro y la preocupación por el significado final de los hechos no formaba parte del objetivo esencial del saber científico, la visión cristiana en contraposición divisaba el futuro como un horizonte temporal proveniente de un sentido profundamente inspirado en una meta definitiva; de allí, que en todo nuevo intento de trazar la historia como un progreso lleno de significado se encuentre el antecedente del pensamiento teológico.

 Voltaire fue uno de los primeros en darle en su época un sentido más innovador a la historia, partiendo de una posición escéptica y desde la perspectiva de la razón, crítica con respecto a los dogmas establecidos, en busca de fundar aquello que tenía que ver con el espíritu de diversos tiempos y naciones, así como el progreso del desarrollo civilizatorio humano por medio de un criterio científico, no obstante, en los postulados de uno de sus contemporáneos se evidencia que el campo de las ideas y del propósito se torna indispensable para desentrañar el significado de los procesos históricos, tal y como se manifiesta en las reflexiones de Hume sobre la historia.

Kant y Hegel dieron en la dimensión filosófica un sentido más amplio a la reflexión acerca de la historia, aportando una reflexión especulativa que se distingue de la postura crítica, analítica que se ha mencionado en párrafos anteriores, presentando una interpretación sistemática cuyo principio reside en la idea de que los hechos históricos sucesivamente se unifican guiados por un sentido fundamental, ambos inspirados en el objetivo de aportar una interpretación global lejos de las imposiciones empírico-analíticas de las ciencias naturales y sociales, sin dejar de mostrar su reflexión como garantía de una necesidad humana que posteriormente se ve recurrente en múltiples autores debido a la fascinación que genera la búsqueda de ese “algo” afecto a nuestra moral que idealice la norma del acontecer histórico por sobre lo caótico e irracional.

Lo trascendental de la historia, visto en Kant se resume en la incógnita de ¿hasta que nivel es posible para el hombre avanzar hacia su concepción de progreso, de civilización? porque precisamente es esa concepción humana la que influye virtuosamente en la movilización del espíritu, en lo trascendental. Partiendo de principios a priori sólo quedaría la tarea de localizar un conato conductor, al que Kant se refiere como el: Leitiaden. Éste permitirá ver la historia como un conjunto compuesto y ordenado más que cómo una diversidad absoluta creando un lazo entre la experiencia y la imaginación, así como la transacción de la que resulta la imposición de principios a priori por el lazo entre la facultad de juzgar y la imaginación en su calidad de facultad pura. Siendo el conato la forma en que el juicio reflexionante en su libertad presupondría un orden, como si lo hubiera, en lo que la "proposición cognitiva" había hecho a un lado, las singularidades.

La tarea del progreso no se puede descifrar inmediatamente en la experiencia y por tanto es para Kant la perspectiva humana bienintencionada el acertado a priori del progreso, mientras que la providencia representada por la sabiduría de Dios se extiende a las acciones libres de los hombres. Como sabemos, a través de la facultad de juzgar conseguimos conceptualizar una finalidad en la naturaleza. En la dimensión estética kantiana, ésta  facultad de juzgar se expresaría formal o subjetivamente por medio del sentimiento de placer-displacer y, en este sentido, la finalidad constituiría tanto lo bello como lo sublime dibujando esto ultimo la finalidad del sujeto en cuanto, a la forma, o ausencia de forma, de los objetos bajo el concepto de libertad y lo primero la finalidad del objeto en relación al juicio reflexionante según el concepto de naturaleza del sujeto.

 Por otra parte, como el juicio teológico domina sobre la finalidad real u objetiva de la naturaleza a través del entendimiento y la razón. No se puede olvidar que lo que Kant ha expuesto se trataría de un principio meramente regulativo del conocimiento, y en absoluto constitutivo, de manera que las aducidas legitimaciones críticas de la finalidad interna y de la externa no afectan al principio de finalidad en el que pretende enhebrarse la filosofía kantiana de la historia.

El todo de la naturaleza, en el razonamiento teológico se halla subordinado a la especie humana que viene a ser el final de la cadena, Kant toma este razonamiento y cambia su contenido categórico. De forma tal que para que la naturaleza halle en si un sistema final, no debe pretender como fin la felicidad, sino la cultura; el desarrollo completo de las inclinaciones hacia el bien que habita en el hombre y así mismo esencialmente la disposición humanística para la moralidad, “la producción de la aptitud de un ser racional para fijarse fines a voluntad”. Un objetivo que sólo puede ser factible con la condición de que el hombre en si mismo comprenda su sentido y decida aportar.

Asumiendo el dolor sin que su papel sea negativo este estará al servicio de la intención natural y el sistema de la moralidad, culminado, dará lugar al todo de la cadena teleológica natural, mientras en efecto, se afirma el progreso humano con base en la colaboración divina. Kant pretende por ese camino convertir su historia trascendental en una teodicea en la que sólo bajo la suposición de un Dios justo y misericordioso el progreso será posible. Además parte de allí porque la historia trascendental necesita poder referirse a alguna experiencia colectiva del género humano para acercarse a la posibilidad ya puesta de manifiesto en las disposiciones ejecutadas en la generalidad de los agentes históricos y como ya se ha mencionado el sentido de la historia ha estado estrechamente ligado con el raciocinio teológico.

 Para que tal experiencia pueda  ser utilizada, en suma, como indicación de progreso, como señal de que en el asumido caos de la historia empírica fluye la historia a priori, como la creamos, la principal condición es que ésta debe constituirse en el simple hecho de darse, como una aventura que sencillamente se da,  pues no únicamente deberíamos esperar un progreso futuro hacia lo mejor, y esto porque él mismo entusiasmo propone Kant es en sí progreso, en la medida en que la capacidad de contenerlo internamente se da y se expresa, lo que en el instante es suficiente. “La idea de bien con afecto”, como la sentenciará Kant, es capaz de comunicar al alma un impulso más fuerte que el relacionado con cualquier representación sensible, porque en el entusiasmo la imaginación se deshace de todo impedimento, desborda todo límite y su universalidad, visible en hitos como la Revolución Francesa, revela la formación de una comunidad ética en el género humano.

 En el juicio estético de lo sublime, la imaginación para Kant se convierte en instrumento de la razón, porque requiere que el espíritu de las ideas esté a disposición, siendo imprescindible en él, haber pasado por la configuración de la cultura, porque como se mencionó en el pasado ejemplo, cuando en el entusiasmo colectivo se comunica lo sublime, esto contiene un fundamento moral y por consiguiente, el solo darse del fenómeno indica que ha habido y hay progreso hacia lo mejor, y que no sólo el progreso es esperable en el futuro.

Ortega y Gasset propuso que el dato histórico inerte, desligado del brío hermenéutico debía recobrar su dinamismo y su efectividad histórica y que lograrlo consistiría en recuperar la historia desde dentro, salvándola del mero dato para en cambio producirlo y comprenderlo, tratando en cierto modo de integrar todos los hechos tal y como se presentan y los concebimos en un acto intencionalmente constructivo. Él decía que es necesario tener en cuenta que siempre habrá quien organice sus posibilidades según todos los niveles y modalidades de su instante presente y que el hombre masa como el lo llamaba dependerá siempre de su ubicación geográfica como de la dimensión global en la que se haya inmerso.

 Las insuficiencias que Ortega vio en la historia fueron la emisión de conocimientos que no se producen y formulan bajo leyes generales, la falta de definición y funcionalización de las relaciones que median entre la historia  y el resto de las disciplinas que la influyen, la carencia de una actitud eidética intelectiva y la necesidad de superar el carácter regresivo de la historia como dato y constatación que en cambio debería ser un acto de progresión interpretativa.

 La metahistoria o historiología fue la propuesta de Gasset para una ciencia material, eidética (estudiosa de los entes ideales que únicamente existen en la mente de hombre, las relaciones abstractas entre signo e idea) pura de la historia, cuya finalidad sería la de instruir por medio de categorías bien definidas el orden más o menos salvaje de lo histórico, capturando las esencias materiales y el conjunto de conocimientos puros que lleven en si el conocimiento eidético de la experiencia histórica ¿de qué manera? Reflejando las relaciones de funcionalidad de las diferentes esencias en círculos de coherencia eidética que responden a la inquietud empírica, viendo germinar en la matriz eidética los hechos históricos con la experiencia que queda sujeta a lo conceptual e ideal.

Ésta teoría del conocimiento histórico como ciencia estricta hace una estrecha analogía con el conocimiento de la ciencia física, proponiendo por medio de su análisis sobre los problemas del método histórico, que la ciencia no es solo dato a posteriori y observación empírica si no también construcción a priori (algo similar a lo que se veía expreso en la filosofía de Kant) pues en síntesis no puede negarse la correspondencia entre ambas esferas del conocimiento dado que el dato a posteriori y el saber científico sólo puede ser corroborado mediante la mera constatación a priori que constituirá  la verdad física si se aplican sistemas de observación y comparación adecuados, por tanto ha de recordarse que el saber a priori en fundamentalmente autógeno y autónomo o sea, sin orígenes empíricos aplicables. 

La verdadera ciencia, dice Ortega, no es aquella que encuentra datos, si no la que los recibe o los demanda y que la ciencia histórica por su orientación hacia la obtención y depuración del dato se ha ganado mucha importancia aunque la miseria intelectual de teorías constructivas así cómo la imprecisión en el manejo de los datos represente un problema que se debe solventar.

Gasset creía que la vida está apoyada en una profunda inclinación innata a transformar lo imperfecto, aquello que nos rodea y no entendemos, primero por la insatisfacción metafísica que logra situar nuestro deseo frente a una caída libre que es independiente a nuestras coordenadas intencionales y sin que esto último importe intervenimos para sentir mayor plenitud, y luego por otro tipo de insatisfacción, que esta vinculada al estado modificable de las cosas bajo el peso de la acción, individual o colectiva, en un sentido en el que la perfección representa a riesgo de equivocarse un imperativo moral asumido como la meta del obrar (también similar al entusiasmo, por lo bello o lo sublime que luego de recibida la providencia de Dios direcciona a los bienintencionados hombres hacia el progreso en la filosofía kantiana) sólo ésta última insatisfacción genera remordimiento, pues remite a las obras propias del hombre en las cuales el individuo además de ver defectuosidad en la obra, intuye que pudo en cierta medida evitarse, por ello siente descontento no sólo de la obra sino de si mismo y el instinto de responsabilidad moral pasa en Ortega de ser simplemente una postura moralista a un deseo de plenitud, una actitud de cara a la existencia que además motiva la lucha contra cualquier tipo de mediocridad.

La filosofía moderna de la historia, ha demostrado ser un progresivo intento por congeniar la razón con la fe y se ve expresa mayormente en obras de idealistas alemanes de los siglos XVIII y XIX. A veces la fe cristiana queda directa o indirectamente descartada, como se ha visto en tiempos más recientes en filósofos como Heidegger, por ejemplo, pero no por esto desaparecen los antecedentes teológicos y por consiguiente las consecuencias lógicas que se concentran en la visión del pasado como preparación del futuro, la concepción del tiempo como una progresión lineal y el porvenir como realización y redención, como si historia de la salvación cristiana realmente se hubiera convertido en la teología de una evolución progresiva en la cual el presente es en concreto una acumulación de preparaciones transitadas que abren el camino hacia una etapa futura.

La raíz de esta situación es nuestra fragilidad ante el enigma del destino. El ciudadano moderno que goza de parcial desarraigado por los mitos, irónicamente parece no poder defenderse ante lo obscuro del destino con ideas que no sea similares a la de Dios o a la idea de que con certeza los hitos históricos tienen siempre un significado transhistórico, aun en casos particulares donde por el irracional caos difícilmente puede reflejarse una condición humana actual o pasada de este carácter, por lo que se presenta además el problema de imprecisión al que se refiere Ortega.

Por tanto, el objetivo de instituir un proyecto significativo e innovador de la historia ha tropezado con importantes dificultades y aunque éste valioso propósito haya generado grandes iniciativas del pensamiento como es evidente en las obras de Kant, Hegel, Heidegger u Ortega, en cierta medida hasta ahora han conducido a una muralla difícil de derrumbar por tratarse de una historia que se niega a resumirse en particularidades que han de ser resueltas o por el hecho de que ésta en tanto enigma se mantiene oculta precisamente porque ha de ser contemplada, quizás iluminándola al descifrar el devenir de las acciones instantáneas, ese que las convierte en historia, quizás partiendo de los principios a priori y de cómo evolucionan en nosotros hasta lograr impulsarnos a cambiar, avanzar, o transformar, pero sin remedio asumiendo que la resolución final del hombre estará cubierta por la libre y caótica posibilidad que dependerá nuestra cultura, una en la que actualmente de hecho peligra la preocupación por el mañana.


BIBLIOGRAFIA

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Disponible en:

http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/libros/pm.439/pm.439.pdf

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